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¿Pedagogía de la humanización o de la crueldad?

Publicado: 2026-09-30

Lo acontecido en el Liceo Naval muestra la grave situación del sistema escolar y la urgente necesidad de una reforma educativa que convierta las escuelas en espacios donde nuestros hijos e hijas sientan que se realizan como seres humanos plenos. Hoy son lugares de riesgo y experiencias opresivas que los adultos —padres, madres, docentes, autoridades— no queremos ver y, sin embargo, insistimos en que los chicos vayan “por su bien”, como advertía Alice Miller en su libro “Por tu propio bien” que devela la violencia que la sociedad ha institucionalizado sobre las infancias.

Lo del Liceo escandaliza porque ocurre en el colegio de al lado, como cuando estalló un vehículo lleno de ANFO en la calle Tarata. Recién entonces se hicieron visibles en Lima las víctimas que ya sumaban miles en el sur del país. Pero lo ocurrido en el Liceo no es la gota que colma el vaso: hace mucho que estamos desbordados y vivimos con la cabeza sumergida en eso que Rita Segato llama “pedagogías de la crueldad”.

Muestra de esto son – según informa la prensa – y sumemos: la violación de un adolescente en el Liceo Naval, el asesinato de un menor en la comisaría de Manchay y el maltrato a su familia por policías que ahora serán juzgados por otros policías, y los centenares -repito: ¡centenares! - de casos de violación de niñas en Condorcanqui, entre cuyos perpetradores figuran docentes.

¿El currículo de la crueldad?

Estamos frente a una práctica de enseñanza, un currículo vigente y vívido que está en la calle, en las instituciones y, por supuesto, en el sistema educativo. ¿Cuál es la lección que nos quieren imponer a fuerza de repetición?: La lección es que tenemos que aceptar vivir entre el abuso y la sumisión, y practicar ambos según la posición social que nos haya tocado en la repartición del poder. Naturalizar la subordinación de las personas, desde su infancia y adolescencia hasta la adultez.

Aprendida la lección, el sentido común interioriza un cinismo social que permite, por ejemplo, aceptar que un senador de la república, sin la menor vergüenza, diga que con “dos semanas en Maranguita se resuelve el problema” y acto seguido llame al orden y al disciplinamiento.

La educación entendida como autorreflexión crítica tendría que posibilitar que las escuelas sean el espacio para distanciarnos y curarnos de este mecanismo de envilecimiento del alma ciudadana.

Lo que las escuelas callan

Los hechos que nos estallan en la cara son un síntoma; apenas somos conscientes del malestar que experimentamos. ¿Cuál es la “enfermedad”? Necesitamos mucho diálogo entre nosotros para distinguir el entramado, la tela de araña en la que nacimos y que tal vez ayudamos a perpetuar. 

León Trahtemberg contaba que tras los sucesos de Tarata participó en una indagación sobre qué hicieron las escuelas ante ese hecho: salvo alguna oración en un par de colegios, en la gran mayoría no se generó ninguna reflexión crítica. ¿Qué harán o están haciendo las escuelas para que sus estudiantes reflexionen críticamente sobre estos hechos?

Colegios segregados con fondos públicos

Estamos ante una red que hay que desanudar. Volviendo al Liceo Naval, urge una pregunta de fondo: ¿A cuento de qué las instituciones militares y policiales, de forma segregada, tienen a su cargo escuelas que funcionan con fondos públicos y que son de acceso casi exclusivo de hijos de militares y policías? No es apropiado en una sociedad democrática que los fondos públicos se dediquen de modo segregado a sectores de funcionarios del Estado. El presupuesto público debe servir de forma abierta a toda la población en las mismas condiciones de calidad, más aún en un país desigual y con prácticas de discriminación como el nuestro.

El espacio educativo no solo debe ser una oportunidad extendida para todos y todas sino también, como decía Manuel Iguiñiz, un espacio de encuentro donde hijos e hijas de familias diversas aprendan a convivir y a respetarse, libre de culturas jerarquizadas como las castrenses.

Cuando la violencia social entra al aula

Es necesario que los adultos —madres y padres de familia, docentes, directivos— asuman un papel distinto frente a una violencia que es estructural en las prácticas escolares, reconociendo que la escuela, lamentablemente, no está exenta de la violencia que se vive en la sociedad y que la cultura escolar está penetrada profundamente por otras culturas institucionales. La cultura de los cuarteles, por ejemplo, pone su impronta de obediencia y de sumisión.

En suma, una violencia social que instrumentaliza a las personas penetra las instituciones escolares, y convierte la escuela, que tendría que ser un espacio de ciudadanía y florecimiento de cada quien, en un espacio para normalizar, en todos y todas, que “o se es martillo o se es clavo”, en palabras de un personaje de “Al fondo hay sitio”. Esto constituye un mandato de disociación del alma, la violencia de aceptar vivir entre el abuso y el sometimiento.

Reformar la escuela: una tarea de todos

El ejercicio de la autorreflexión crítica y de construir entre pares comunidades de emocionalidad fraterna y pensamiento crítico son dos de las tareas más urgentes que tiene el sistema educativo, cada escuela, cada docente. Pero ojo: una golondrina no hace el verano. Debemos hacer lo que esté a nuestro alcance en la micropolítica del aula, develando esta pedagogía de la crueldad de la que participamos, pero necesitamos respuestas sistémicas. Los esfuerzos de un maestro o una maestra, de una escuela o de una localidad requieren un entorno favorable: fijarnos, sin dudas, el norte de una reforma profunda del sistema educativo.

De otro modo, seguirán aumentando los miles de adolescentes víctimas de violencias impunes, y cada tanto la prensa los presentará como una noticia que pronto se olvida. Por todos ellos y ellas, no más liceos, no más Manchay, no más Condorcanqui.


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